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miércoles, 17 de julio de 2013

Ese maldito almacen


Tanto yo como mis amigos siempre hemos sido muy curiosos, cosa de la que hoy me arrepiento. 
Estaba yo con mis amigos, Nicolás y Ariel, paseando por el barrio, cuando Nicolás nos cuenta que cerca de su casa hay un almacén, del cual siempre se escuchan gritos por la madrugada. Yo y Ariel le decimos que deje de romper las bolas y que no nos trate de asustar, pero el insiste que en ese almacén hay algo sobrenatural. 
Luego de una tarde juntos, cada uno se fue a su casa por su cuenta, excepto Nicolás, que es bastante miedoso y me pide que lo acompañe. Cuando estamos cerca, pasamos por el frente de un almacén, ese maldito almacén. Nicolás me jode tanto para que entre con él que al final accedo. El almacén estaba rodeado de mucha maleza, y nos costó llegar hasta la entrada, un portón viejo y demacrado, con un candado oxidado. 
Le dije que estaba cerrado, y que no podíamos entrar. Acto seguido, toma un trozo de hierro del piso y le pega al candado. A los 3 golpes el candado se rompe y abre el portón. Era una oscuridad tal que parecía no tener fin. Yo, no queriendo entrar le digo que está muy oscuro, pero el saca su celular y prende la linterna y me la da, pidiéndome que vaya adelante. Me dice que lo siga, y reconozco que no debería haberlo hecho. 
Todo lo que se veía eran cajas de madera apiladas, algunas podridas, y ratas corriendo de aquí para allá. En un momento veo una puerta que, dada la infraestructura del edificio, no debería estar ahí. Cuando estuve a punto de abrir la puerta, alguien entra por el portón del almacén y lo cierra. Empieza a caminar hacia nosotros, lentamente. Nicolás, asustado, empieza a tirar cosas del piso al aire, esperando golpear a quien se nos acerca, pero falla en todas las ocasiones. Cada vez se acerca más, hasta que siento un golpe en la cabeza que me deja inconsciente. 
Me despierto en lo que parecía la parte posterior del almacén. Calculo que eran las siete u ocho de la mañana, debido a la posición del sol en el cielo. Estoy atado y no puedo moverme. Veo a Nicolás, inconsciente. Me doy cuenta de que detrás de mí hay varios pedazos de hierro apilados, algunos con punta. Intento moverme hacia ellos rodando en el suelo, hasta que saco uno con el filo suficiente para cortar la soga con la que estaba atado. Puedo liberarme y voy directo hacia Nicolás. Lo doy vuelta para desatarlo y veo que está muerto, con la caja torácica desgarrada y con la cuenca de los ojos vacía. Estallo en lágrimas, pero me doy cuenta de que yo era el siguiente. Cuando estoy saliendo, escucho que la puerta trasera del almacén se abre, y algo me está viendo, estático. Me le quedo mirando unos segundos y me empieza a perseguir. Yo corro, desesperadamente, lo más rápido que puedo hasta salir del almacén. 

Me dirijo corriendo hacia la policía, les cuento lo sucedido y les doy la dirección del lugar. Salen 3 patrulleros hacia allá, mientras que a mi me mantienen en la comisaría haciéndome preguntas. Pasan varias horas, y por la puerta entra un policía, gravemente herido. Sus últimas palabras, antes de caer al piso y morir fueron “NO VAYAN A ESE MALDITO ALMACÉN”. Todos miraban estáticos. Llamaron al equipo de paramédicos, pero ya era demasiado tarde. Esto está fuera de los límites de la policía. No pueden hacer nada, y si lo intentan, morirán. Nunca nadie supo qué o quién le hizo eso a Nicolás, ni a los otros policías que murieron en ese galpón. Pero algo es seguro: 
“Nunca volveré a ese maldito almacén.”


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